Cataluña: El cisma entre burguesía y “clerecía”

Benito Arruñada y Víctor Lapuente Giné, “El cisma entre burguesía y clerecía”, El País, el 4 de septiembre de 2015, p. 11.

El “burgués” catalán no se distancia del soberanismo por timidez, sino porque empieza a entender que está pagando el coste de la aventura. Y la posible ganancia se la llevarían otros.

A medida que se acercan las elecciones autonómicas, cobra importancia el dilema de todo burgués catalán a quien asusta el giro independentista del Presidente Mas. A este burgués, ya sea industrial, comercial o laboral (éste, hoy, mayoritario), le disgusta la incertidumbre que provoca el proceso soberanista. Incluso el que desearía la independencia duda de que Cataluña se mantuviera en la Unión Europea o reingresara a corto plazo. Y cuando mira a los hechos, le duele reconocer que la experiencia de los últimos 38 años no garantiza que Cataluña se convierta en Austria o Dinamarca, pues en calidad de gobierno hoy se asemeja más a Portugal. Al fin y al cabo, quienes no han sabido construir una autonomía mejor que las demás, ¿por qué iban a superarse al transformarla en estado independiente?

El burgués catalán también teme los vaivenes que puedan sufrir su negocio y su puesto de trabajo. Y le irrita que le acusen de tímido; a él, que ha arriesgado su fortuna en mil batallas. Todo para que, en caso de seguir adelante “el proceso”, quienes hoy le acusan se apropien los posibles beneficios.

No le faltan motivos para desconfiar. A lo largo de la historia, el estamento que más ha promovido el independentismo no ha sido la burguesía ni el proletariado radical, sino la “clerecía”. Obviamente, no está formada sólo por clérigos, aunque muchos líderes del independentismo sí hayan vestido el hábito, de Pau Claris a Lucía Caram o Teresa Forcades; ni aunque todos los estamentos eclesiásticos hayan estado implicados en todos nuestros conflictos de soberanía. Ni, lo más importante, aunque el papel de la nueva clerecía siga teniendo mucho de religioso, pues maneja más creencias que ideas.

Para Samuel Coleridge, son clerisy quienes viven de crear, preservar y diseminar la cultura nacional. En la Cataluña de hoy, eso incluye a funcionarios, escritores, académicos y demás profesionales dedicados a una amplia serie de actividades, que abarca desde escribir poemas a diseñar balanzas fiscales, desde dar clases de bachillerato a presentar noticias o producir teleseries.

Esta clerisy contribuye a la riqueza de las naciones cuando se centra en las ideas y no en las creencias. Pero, como todo grupo humano, tiene sus propios intereses. En tiempos de agitación, esos intereses chocan con los de la burguesía. Como apunta Deirdre McCloskey, durante los dos últimos siglos la clerecía occidental ha aprovechado toda crisis política o económica para vender ensoñaciones anti-burguesas, desde el nacionalismo al comunismo. Gracias a que la burguesía le asegura el sustento, la clerecía puede dedicarse a preparar aventuras mientras “toma café al lado del Sena”. Gusta de la aventura porque, a diferencia de la burguesía, tiene mucho que ganar y poco que perder.

Con la independencia, la clerecía catalana multiplicaría la demanda de sus servicios, como ya lo logró con la administración autonómica. Hasta el mismo proceso soberanista le resulta rentable, pues, cuanto más tormentosas son las relaciones con el resto de España, más se venden muchos de sus productos —de libros a tertulias—. Al contrario que los de la burguesía, que se venden menos. Por eso, a la clerecía le interesa agitar las aguas; mientras que la burguesía desea calmarlas. Ésta teme por el valor y la seguridad de sus inversiones, sus ingresos y sus empleos, todos ellos en duda hasta que una Cataluña independiente lograra estabilizarse política, económica y socialmente.

Además, la clerecía sabe que su capital humano es flexible. De triunfar la independencia, sus esfuerzos serían recompensados con altos cargos en el nuevo estado. De fracasar, los clérigos tienen las espaldas cubiertas con sus trabajos en el sector público. Algunos incluso se reubicarían en el nuevo paisaje trabajando a favor del consenso. Cuenta a su favor el que, en pro y como precio del apaciguamiento, los “Madrid” de todos los estados suelen estar más que dispuestos a cooptar clerecías díscolas.

Cierto que no todos sus miembros son cínicos “buscadores de rentas”. Al contrario: en toda iglesia hay canónigos y creyentes, y es mejor canónigo quien es un fiel creyente. Además, muchos canónigos de la cultura trabajan para el proceso soberanista de forma voluntaria. Pero, ya les mueva el dinero, el prestigio personal o la fe auténtica en el proyecto, lo relevante es que la clerecía alcanza su esplendor cuando lidera una empresa de emancipación nacional, una empresa que da pánico a la burguesía. Esta contraposición de intereses es esencial para entender el devenir de Cataluña. Nadie conoce los costes y beneficios agregados de la independencia, pero sí empieza a estar claro que se reparten de forma desigual incluso entre los propios catalanes. Unos pagan y otros ganan.

Así es ahora y así parece haber sido en el pasado. Como cuenta John Elliott, también en 1640 es la clerecía quien exacerba el conflicto, despertando pasiones y sublevando a amplias capas de la población. Hasta que sube la fiebre popular, y muchos líderes de la nobleza y la burguesía se percatan de que es peor el remedio que la enfermedad. De forma parecida, el enfrentamiento con la clerecía revolucionaria ayuda a entender que sea la burguesía catalana quien promueva el golpe de estado que rompe en 1923 el pacto constitucional, así como el “gran misterio” de que apoye en 1936 el alzamiento militar contra la República.

Sin embargo, pese a estas experiencias históricas, la confrontación entre nuestra burguesía y nuestra clerecía aún pasa inadvertida. Se habla con profusión del “choque de trenes” entre el estado español y una alianza catalana de burgueses (CDC) y trabajadores (ERC, CUP). Pero se margina que dentro del tren catalán late un conflicto tanto o más fuerte. Por un lado, una clerecía que no precisa colaborar con otros españoles en su día a día, para ganarse el pan o el prestigio. Por otro, burgueses y currantes que viven de vender mercancías, que no ilusiones, y que están mucho más imbricados profesionalmente con el resto de España.

Sólo estos últimos están pagando la cuenta. Permanecen callados porque, al contrario que los clérigos, el mucho hablar daña su medio de vida. Pero no tomen como inconsciencia su silencio, comprensible ante un Madrid que, para conservar el poder, suele estar dispuesto a componendas que potencian a la clerecía.

Benito Arruñada es catedrático de Organización de Empresas de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Victor Lapuente Giné es profesor de Ciencia Política de la Universidad de Gotemburgo y autor de El retorno de los chamanes (Ed. Península), de próxima publicación.

2 pensamientos en “Cataluña: El cisma entre burguesía y “clerecía”

  1. Convendría explorar si hay una o varias burguesías, con intereses diversos. El tema de las dos burguesías parece clave clave. Me pregunto si pudiera haber indicios en los datos demoscópicos. Por ejemplo, las empresas catalanas pueden dividirse en competitivas y menos competitivas, y también según realicen la mayor parte de sus ventas en el mercado español o extranjeros. Las menos competitivas podrían verse tentadas a apostar por salidas nacionalistas si las considerasen que reducirían la competencia. De igual modo, las que sirven mercados exteriores puede ilusionarles una aventura independentista si creen que tienen poco que perder en ella. Ess puede ser también el interés de mucho científico, académico y artista que vive a caballo de empleos catalanes y extranjeros.
    Entre empresas competitivas, habría que distinguir las competitivas dentro del mercado español vs. las competitivas más internacionalizadas). Por estas diferencias, tienen quizá poco que ver los intereses de los Carulla o Grifoll, con gran parte de su riqueza y empresas fuera del país, con los de los empresarios que está ligados al mercado español: como Almirall, Planeta, Caixa, Sabadell, etc… Y algo parecido sucede con sus empleados, que además residen en mucho mayor número en Cataluña.

  2. ¿Hay un cisma entre burguesía y ‘clerecía’ en Cataluña?

    Aberto Penadés presentó el 4 de mayo de 2016 en Diario Piedras Papel un análisis en el que discrepa. A su juicio, “los miembros de las profesiones vinculadas a la educación y producción cultural son los más independentistas de Cataluña, pero los datos de opinión pública muestran que, lejos de haber un cisma, se diferencian en poco del resto de la burguesía. Si hay un cisma este se encuentra entre ‘trabajadores’ y clerecía o, tal vez, entre obreros y burgueses en general”.

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