Evaluar bancos: pedir peras económicas al olmo contable

La evaluación de la banca española dada a conocer ayer es un paso importante, más realista que las evaluaciones anteriores, pues parece estar menos condicionada, al contar con el respaldo de la línea de crédito europea. Además, contempla supuestos pesimistas, por lo que se sitúa en el promedio de otras evaluaciones externas. Sin embargo, mantiene graves incertidumbres, derivadas de que no desglosa por entidades; no se ha auditado aún la gestión del crédito de cada entidad (sobre todo, las refinanciaciones); y no se han evaluado las carteras de valores, tanto privados como públicos (los cuales, entiendo, siguen contabilizados con criterios optimistas). También se manejan algunos supuestos heroicos, como los relativos a la capacidad del sector para generar recursos (lo que se hace, además, sin atender a que esa capacidad es muy desigual entre entidades según cuál sea su presencia exterior) y a que la evolución del propio sector bancario no influye en la evolución de la tasa de crecimiento de la economía que se toma como supuesto exógeno en las simulaciones (¿qué pasa por ejemplo si, como es previsible, empeora la evolución del crédito, en lugar de mejorar, como supone implíctamente el informe de Oliver Wyman?).

En términos más generales, me preocupa que la demanda de certidumbre nos siga llevando a pedir a la contabilidad y a la auditoría más de lo que éstas pueden dar de sí, dando lugar a una “brecha de expectativas” que suele acabar generando más confusión. Para reducir de manera efectiva la incertidumbre, sería más útil realizar transacciones de mercado, ya sean ampliaciones de capital de los bancos sanos como ventas de las cajas quebradas (con las ayudas que sean necesarias para hacerlas atractivas). Sucede algo similar con el mercado inmobiliario que configura el núcleo del problema: necesitamos con urgencia que se realice un mayor volumen de transacciones, para saber cuál es hoy el precio de mercado. Más exactamente: necesitamos romper el círculo vicioso entre la incertidumbre acerca del precio y el bajo volumen de transacciones. Para empezar a salir de la crisis, es esencial reconocer y admitir su escala; y este reconocimiento y admisión no compete sólo a las decisiones políticas, sino también a las decisiones empresariales.

En resumen: una crisis de confianza del calibre de la española no se resuelve con meras opiniones de consultores y auditores. Es imprescindible que el propio mercado proporcione, vía precios, las únicas señales realmente creíbles: aquéllas en las que, al resultar de transacciones reales, los decisores opinan con la cartera y no de boquilla.

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